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La
corrupción política es tan vieja como la prostitución. Obtener dádivas a cambio de decisiones
favorables, es tan viejo como respirar. La corrupción no solo convive con la
política, aunque en ésta el escándalo es superior porque el dinero trincado es
de todos. Tarde o temprano, nos enteramos con facilidad de quién mete la mano
en la caja, y la pérdida del prestigio social, sólo a veces, es la única pena
que acarrea el hecho.
Suponer
que todos los políticos son igual de corruptos es aspirar a igualar a todos los
representantes públicos por abajo, muy abajo, y eso es injusto para los que
conviven con el servicio a los demás más que con el beneficio propio. Para
distinguir a los cuatreros de los auténticos vaqueros, es necesario diferenciar
al corrupto del dirigente honrado. Lo injusto es implantar la inmunda sospecha
sobre todos, incluyendo en ese barrizal a quienes como único horizonte tienen
el de trabajar cada día un poquito más por una sociedad mejor.
En
Santa Coloma, al furgón de la Guardia Civil
no le seguían fotógrafos que inmortalizasen a los corruptos del PSC. El
reportero de cámara del régimen tenía libre ese día, y no hubo quien lo
sustituyera. Ni había allí, ni habrá ya quien inmortalice el hecho, como sí lo
hubo en Palma de Mallorca, o en Canarias. En las islas, los presuntos corruptos
eran de derechas, y a muchos de ellos, se les archivó la causa, aunque eso,
luego, no ha sido noticia. Pareciera que
los corruptos afines merecieran la oportunidad de la presunción de inocencia
más que los otros, así como el respeto a su derecho a la intimidad, sin fotos
de las esposas que unen su mano izquierda con su mano derecha. En Santa Coloma, lo que no se da, ellos se lo
toman, pero la foto del humillante escarnio público, es sólo para los de
derechas. Para los de izquierdas, sus derechos si son humanos.
La
regeneración democrática debería de ser una obligación inmediata para nuestros
legisladores. Reformas electorales que acerquen la política a los ciudadanos no
deben demorarse más, ante la degeneración y el desprestigio que está alcanzando
en la sociedad la profesión de político. Cambiar la ley electoral podría ser
una buena manera de avanzar, para que, entre otras cosas, se eviten componendas
para obtener poder municipal, y quien el pueblo mande, que gobierne. Limitar los mandatos, funcionarizar a los
altos cargos de la administración, aumentar los órganos de control y
fiscalización, y evitar la arbitrariedad en la aplicación de las normas, pueden
ser buenos inicios para éste fin. Ni “el Bigotes” ni “el Luigi”, metáforas
perfectas de la pillería y el chanchullo, deben de salir triunfantes de este
litigio entre la democracia y la corrupción.
Sindicación
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