Mar032009
19:01:13
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El hombre cobarde
No es posible aceptar, bajo ningún concepto, que asumamos la normalidad de los malos tratos como algo consuetudinario a cada boletín informativo televisado o radiado. Más bien al contrario, con cada hombre que azuza el odio ensanchado por su machismo deberíamos de ganar un poquito de vergüenza por nuestra casta.
El humano, como administrador del monopolio de la violencia entre seres racionales, pierde su cerebro y su razón, si, por ejemplo, volviendo a su casa de Lanjarón, echa literalmente del coche a su señora, y la pisotea y atropella hacia atrás y adelante. O cose a navajazos traidores a la que amamantó a sus hijos, tras una discusión por quién quita hoy la mesa. O los celos malditos, que otorgan supuesta propiedad sobre las personas a quienes no tienen valor para enhebrar dos frases seguidas sin previo acogote etílico.
Es imposible acabar con la violencia machista sin antes acabar con los cobardes, porque este mundo siempre contará con alguno confundido con la muchedumbre, que aprovechará el bíceps superior para engrosar la lista de ofensores de la mujer.
Pero si creo en la responsabilidad de los que conformamos la sociedad para no callar ninguna sospecha sobre nuestro alrededor. Nuestra condición de personas que conviven con otras, nos genera obligaciones en la convivencia, y una de ellas estoy convencido que es la de señalar al que no quiere respetar el derecho a la integridad de cualquier prójimo, aunque sea su mujer o su hija.
Si tomáramos conciencia de lo que digo, ¿cuántas mujeres de las que ya han fallecido por esta lacra machista, podrían hoy día contarlo?
Es que a mi, esto de la violencia machista no me da pena. Me da mucha vergüenza como hombre.
El humano, como administrador del monopolio de la violencia entre seres racionales, pierde su cerebro y su razón, si, por ejemplo, volviendo a su casa de Lanjarón, echa literalmente del coche a su señora, y la pisotea y atropella hacia atrás y adelante. O cose a navajazos traidores a la que amamantó a sus hijos, tras una discusión por quién quita hoy la mesa. O los celos malditos, que otorgan supuesta propiedad sobre las personas a quienes no tienen valor para enhebrar dos frases seguidas sin previo acogote etílico.
Es imposible acabar con la violencia machista sin antes acabar con los cobardes, porque este mundo siempre contará con alguno confundido con la muchedumbre, que aprovechará el bíceps superior para engrosar la lista de ofensores de la mujer.
Pero si creo en la responsabilidad de los que conformamos la sociedad para no callar ninguna sospecha sobre nuestro alrededor. Nuestra condición de personas que conviven con otras, nos genera obligaciones en la convivencia, y una de ellas estoy convencido que es la de señalar al que no quiere respetar el derecho a la integridad de cualquier prójimo, aunque sea su mujer o su hija.
Si tomáramos conciencia de lo que digo, ¿cuántas mujeres de las que ya han fallecido por esta lacra machista, podrían hoy día contarlo?
Es que a mi, esto de la violencia machista no me da pena. Me da mucha vergüenza como hombre.
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